CARNAVAL 2019. En La Prospe, Chamartín

“… la sabiduría de ir llevando la alocada autoconvicción de personajes de nuestras propias vidas a la irónica y lábil convicción de comediantes, cambiando la opresora sugestión de quien se cree vestido por la ilusión de quien se sabe disfrazado”.
Rafael Sánchez Ferlosio, vecino de La Prospe.

La Alegre Cofradía, vestida muy seriamente, entierra una sardina. Se mantean peleles y hombres y mujeres travestidos pasean con niños disfrazados de mayores. Se eligen obispos falsos y celebran bodas bufas, se presentan animales con destrezas humanas y humanos con apariencia animal, se insulta al virtuoso y se indulta al criminal, el amo sirve la mesa y el criado le da órdenes. Se baila, se ríe y se asusta al personal.

El carnaval es ese raro momento del año que ignora toda distinción entre actores y espectadores y donde no hay escenario, ni zona de descanso, ni límites o papeles establecidos. Un lugar del que, por tanto, una vez dentro, resulta difícil escapar.

Ocultas las identidades, nos adentramos en la suspensión temporal del estado de las cosas, de las jerarquías, los privilegios, las reglas y tabúes. Es el mundo al revés que, aunque genera el espanto de los censores, provoca la risa a carcajadas de niños y locos.

Única fiesta comunitaria que no tiene un motivo o causa aparente, no debe nada a nadie, el carnaval tiene por tanto su propia ley: la de vivir la vida desde el lado cómico (o aterrador, según para quién) de la vida misma, con entera libertad.

Y así, frente a la murga cotidiana de las identidades individuales o colectivas, construidas sobre atributos, hábitos y vestimentas que nos constriñen; el carnaval y sus máscaras consiguen el milagro de diluir esas identidades, haciendo visible la otra (de nuevo cómica o espantosa) realidad: la de que todos, desde el emperador hasta el último súbdito, vamos por la vida desnudos, iguales.

Celebrémoslo en La Prospe con un buen disfraz.

Subir